Alma de cántaro

Creo que ya lo he contado en alguna ocasión. Pero aun así, aun a riesgo de repetirme, voy a repetirme: cuando dejé de competir, lo hice porque ya no era competitivo.

Y punto.


Fue en la meta, tosiendo como un tísico mientras el director me felicitaba, cuando me dije: ‘Pero ¿por qué?’

Eso ocurrió hace ya muchos años, casi dos décadas. Y desde entonces, no he vuelto a enfrentarme a los otros.

Me revienta que me tumben.

Desde principios de siglo, he manejado esa tesis con mano de hierro. No he vuelto a disputarle una carrera a nadie. ¡Y mira que me lo han propuesto, que me han lanzado ofertas por todos los lados! Nada.

Pero la semana pasada…

Supe que en el colegio de mi hija organizaban una carrera de seis kilómetros. La Cursa Patxot , la llaman: se trataba de un ascenso hasta el repetidor de Collserola, a través de empinadas sendas, con el descenso posterior. Podían correr padres, profesores y alumnos. Era una carrera popular, sin chip y con público local.

Y me dije:

–¿Por qué no?

Al fin y al cabo, aquel era un ejercicio educativo. Se trataba de introducir a mi hija de ocho años, y a un montón de críos y adolescentes, en el fabuloso mundo del sacrificio, la rotura de la zona de confort y los valores del deporte…

Ese era el concepto. Y por eso, unos segundos antes de la salida, mientras mi mujer y mi hija me contemplaban a unos pasos –ellas no quisieron correrla, no por ahora–, seguía repitiéndome, como en un mantra:

–Corre tranquilo. Disfruta de la experiencia. Esta pelea no va contigo. No has venido a sufrir.

(…)

Ya.

Al minuto de carrera ya andaba asfixiado, persiguiendo a una manada de adolescentes que volaban monte arriba, ligeros como gacelas.

Y les veía a lo lejos, pensando que ya caerían, que ya me acercaría a ellos.

Pero pasaban los kilómetros y sólo cedían unos pocos. Y por eso, resignado, ya a media carrera tomé conciencia de que mis días de gloria habían pasado. Me importó poco, o nada, así que seguí resoplando monte abajo, intentando recortar la desventaja gracias a mis zapatillas mágicas hasta alcanzar a un par de quinceañeros que se habían apretado subiendo y lo pagaban bajando. Me puse a su estela, esperando el momento de cambiarles de ritmo, cosa que hice a un kilómetro del final. ¡Bien! Luego ya no quise mirar atrás y seguí dejándome los cuernos para cruzar la meta en quinto lugar.

Y fue entonces, en meta, tosiendo como un tísico mientras el director de la escuela me felicitaba, cuando pensé:

–¿Pero dónde vas, alma de cántaro?

PD: Las zapatillas mágicas ayudan. Pero no corren solas. No vi a ningún adolescente con ellas en los pies.

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