Debut explosivo de Delia Owens con ‘La chica salvaje’

A lo largo de veintitrés años, la zoóloga y etóloga Delia Owens (Georgia, 1949) fue recorriendo África en su empeño por estudiar la fauna salvaje. Si escogió este continente fue por el imperativo de que los animales hubieran seguido los mismos patrones de conducta desde el momento de su nacimiento. La mayor parte de esos más de ocho mil días los pasó en aislamiento total o parcial; los leones y elefantes acostumbraron a ser su única compañía. Durante siete de aquellos años, ella y un colega científico fueron toda la presencia humana en el desierto de Kalahari, de una extensión similar a la de Irlanda. Lo que entendió sobre la raza humana y lo que sintió mientras asimilaba estos conocimientos en unas condiciones tan extraordinarias están en el origen de su primera novela,
La chica salvaje
, que ha visto publicada con setenta años.









“Aquel trabajo de campo, iniciado recién licenciada en Zoología, me permitió comprobar las muchas similitudes que nos unen a los animales salvajes –comenta por correo electrónico desde su residencia de Idaho, a los pocos días de volver de uno de los numerosos compromisos promocionales que han llevado su bullicioso presente lo más lejos posible de su contemplativo pasado–. Nos vi a través de sus ojos, reconocí unos comportamientos propios. Mi novela explora las relaciones entre la conducta humana actual y la que desplegábamos al habitar la sabana. Por otro lado, después de vivir en un profundo aislamiento durante un largo periodo de tiempo, empecé a experimentar en carne propia el modo en que la soledad puede llegar a afectar a una persona. Nuestra especie muestra una propensión muy acusada hacia la formación de grupos y me descubrí añorando el hecho de pertenecer a un colectivo de mujeres. Sentí el deseo de explorar el tema de los efectos de una existencia aislada en una joven y entendí que sólo podría conseguirlo a través de la ficción”.

Los pantanos de Okefenokee, en Carolina del Norte, por donde la autora hacía salidas en canoa con su madre y que son el escenario fuente de inspiración de la novela
Los pantanos de Okefenokee, en Carolina del Norte, por donde la autora hacía salidas en canoa con su madre y que son el escenario fuente de inspiración de la novela
(Archivo)



La joven, la chica salvaje del título, la beneficiaria del doctorado en aislamiento que Owens cursó en África, aquella sobre la que vertió, por ejemplo, las sensaciones que le procuró habitar un campamento de uno junto al río Luangwa de Zambia, pero también su amor incondicional por la naturaleza, a la que califica de “mi mejor amiga”, igual que lo haría el miembro de una tribu amazónica, es Kya, abandonada por toda su familia a muy tierna edad y forzada a sobrevivir sin ayuda de nadie entre las marismas de Carolina del Norte. Capaz de desarrollar un vínculo inexpugnable con la flora y la fauna que la rodean, desciframiento íntimo y prodigioso de sus respectivos lenguajes que procura algunas de las mejores páginas del libro, sus problemas, es decir, la tensión dramática, llegarán por medio de los roces con sus pares, cuyos códigos no comparte. Víctima de la ingenuidad propia y de la maldad ajena, Kya basculará constantemente ­entre la atracción por el contacto humano y la necesidad de repliegue en sí misma, y acabará salpi­cada por un crimen que por momentos escorará la historia hacia lo policial.









La composición de un personaje tan resolutivo y fuerte, una verdadera amazona de las ciénagas, ha sido interpretado en clave feminista pero,a la hora de señalar las claves de su criatura, la escritora pone sobre todo el foco en el determinismo biológico. “En la sabana asistí a la agresividad y a la competitividad de los animales, un mecanismo insoslayable en un contexto de supervivencia. Eones de tiempo atrás, los seres humanos tuvimos que actuar del mismo modo en idéntico escenario pues, de lo contrario, hoy no estaríamos aquí. En la actualidad seguimos desplegando patrones de conducta basados en esos genes que merecen la repulsa social. No podemos entender quiénes somos arrinconando la genética”.


La protagonista es Kya, una niña de nueve años abandonada en las ciénagas de Carolina del Norte

Tampoco la figura de Delia Owens se explica recurriendo sólo a la investigación in situ en África que la condujo a firmar ensayos, a publicar artículos en revistas especializadas como Nature o a ganar la medalla John Burroughs por la excelencia de sus escritos sobre la naturaleza, sino que se impone hablar de las marismas, escenario pródigo en maravillas y en amenazas a lo largo y ancho de su novela, un regreso a una geografía íntima, a las primeras tentativas de exploración llevadas a cabo en la infancia. “Me decanté por las ciénagas de la costa de Carolina del Norte porque eran con las que estaba más familiarizada de entre todas las que recorren los estados sureños de mi país. Guardo recuerdos muy preciados de las salidas que hacía en canoa con mi madre por los pantanos de Okefenokee y otros rincones alejados de la civilización, donde solíamos practicar la acampada. Tenía interés en ambientar la acción en un entorno natural que permitiera al lector zigzaguear por él e ir aprendiendo un poco acerca de su fauna, al tiempo que desperdigara un conjunto de pistas ligadas a la intriga en el corazón del relato”.









Buena parte del éxito de La chica salvaje en Estados Unidos –donde vendió más de tres millones de ejemplares, acomodándose en lo más alto de la lista de best sellers de
The New York Times
durante cincuenta semanas, a lo que se suma la venta de los derechos cinematográficos a la productora de la actriz Reese Witherspoon y los derechos de traducción a cuarenta idiomas– quizá cabe buscarlo en su fusión de dos géneros con tanto tirón como el policiaco y el nature writing
. Garante del segundo, Delia Owens reconoce no ser una lectora habitual de género negro, empleándolo sólo con fines adictivos. “Recurrí a algunos de sus ingredientes para asegurarme una trama sólida. Desde el principio aspiré a una novela que enganchara, por lo que un miste-rio centrado en un personaje me pareció la forma más eficaz de propulsar la lectura hacia delante”.


Parte del éxito cabe buscarlo en la fusión de dos géneros con tanto tirón como el policiaco y el ‘nature writing’

En tanto que deja al descubierto los prejuicios y el repudio social que anidan en una localidad cerrada, clasista y racista de Estados Unidos entre los años cincuenta y sesenta del siglo pasado, cuenta con una menor como eje e incluye un juicio penal que apesta a caza de brujas, La chica salvaje se emparenta indefectiblemente con
Matar a un ruiseñor
, clásico de Harper Lee con el que Owens confirma estar en deuda por servirle de guía a la hora de mostrar el modo en que descifra el mundo una mente infantil, un título pues rector al que, asegura, se suman los ascendentes de dos títulos con mujeres heroicas como motor:

Al oeste con la noche

, las memorias de la pionera de la aviación en África y entrenadora de caballos Beryl Markham, y la novela
La flor del mal
, donde Janet Fitch retrató la odisea de una joven por varios hogares de acogida.









Poco se imaginaría aquella zoóloga y etóloga consagrada a la recopilación de datos sobre la conducta de leones y elefantes en remotos parajes de la sabana africana, sin rastro de otros representantes de su misma especie, que llegada la senectud se pasaría buena parte del año acudiendo a conferencias y presentaciones literarias, estrechando más manos y viendo más rostros en un día de lo que tiempo atrás hizo en veintitrés años. “Pero no se engañe –apunta–. Cuando vuelvo a casa y me envuelven las montañas del norte de Idaho, el aislamiento me arropa de nuevo. Hago muchas de las cosas que solía hacer. Mi vida no ha cambiado tan profundamente”.



Delia Owens

‘La chica salvaje’ / ‘La noia salvatge’












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