Nada

Corro y corro y corro.

Pero, por más que corro, aún siento el crujido a mis espaldas. Me persigue el ente, me persigue y me acosa y apenas me deja respirar.

Va a atraparme, lo sé. Ahí llega, puedo oírle al otro lado de la puerta, ahora que he entrado en la cabaña. Viene, viene.

Pero ¿qué es? ¿Quién es? ¿Qué quiere?

(…)

Mi profesión nunca fue un fin, sino un medio.

A diario, sólo veo lo siguiente: una sala de trabajo angosta. Tanto, que mis manos acarician las paredes cada vez que formo un Cristo con los brazos. La oficina es una ratonera sin ventanas. Una ratonera, si no fuera por la claridad que filtra el tragaluz, allí arriba, muy arriba, muy lejos, tan arriba como la luna. sólo el tragaluz me anuncia si aún es de día, o si ya anocheció.





(Epic Andorra)




Cuando estoy en esa tumba, y es así durante ocho horas al día, entonces me invade el silencio. Y por eso puedo escuchar mi respiración mientras tecleo, mientras hurgo entre los expedientes, uno tras otro, buscando errores en el sistema, la manera de premiar a mis clientes. ¿A quién le gusta vivir así, abriendo y cerrando archivos, arruinando a los pobres?

Soy un hombre gris.

Pero resulta que pagan bien.

Pagan tan bien que me puedo permitir mis pasiones: mi librería. Bufff, mi librería.

Nada hay más hermoso, más complaciente, que una estantería repleta de libros, ¿no cree? Cientos de libros apilados por colores, por temáticas, por autores. Cientos de libros unos junto a otros, repartidos en una amplia estantería de tres metros de alto y siete de largo y coronados por una escalera corredera.

¡Una escalera corredera, señores!

Una escalera corredera que me proyecta hacia los estantes más altos y me permite alcanzar todos y cada uno de mis libros.





Aaaaah, mis libros.

Mis libros.

Mis libros.


Ahorro tanto que me permito el lujo de alquilarme un lugar en el bosque”

La oficina me permite pagarme los libros. Y la contemplación de los libros me brinda la felicidad. Bendigo mis noches, todas y cada una de ellas: la hora en que me vuelvo hacia la estantería y tiendo los brazos y percibo el olor del papel y converso con los personajes de mis libros. La hora en que puedo sentirlos, y amarlos.

Un momento. Un momento, no nos desviemos.

Falta algo. Falta mi libro. El libro que yo mismo deseo escribir. Mi libro, mi anhelo, el motivo último de toda esta historia.

Al fin y al cabo, ¿por qué paso los días encerrado en la ratonera, buscándoles las cosquillas a los pobres? ¿Por qué procuro ahorrar todos los meses? ¿Por qué me llevo la fiambrera a la oficina, la ensalada de atún, el agua tibia y la manzana de postre?

Pues bien, lo hago por el motivo último. Mi libro.

¿Y cómo pienso escribirlo?

Ajá, lector.

Le daré la respuesta. Ahorro mucho. Ahorro tanto que me permito el lujo de alquilarme un lugar en el bosque. Un lugar en el que refugiarme durante semanas, acaso meses, con los víveres y un ordenador. Allí, en soledad, escribiré mi libro.






Porque vendrá, sé que la inspiración vendrá”

El viaje ha sido largo. Cuatro horas de vuelo hasta las frías tierras del norte, y luego tres horas de autocar, desde la capital hasta la cabaña en el bosque. ¿A quién le importa si mi asiento era amplio, más o menos confortable? sólo le diré que las luces del vehículo rasgaban la oscuridad del bosque como un cuchillo corta el pan. Que en algún momento asomaba un ciervo en el camino, un ciervo curioso, preparado para perderse entre la maleza. Y que yo me sentía complacido: cómo ansiaba aquel retiro, yo solo con mis pensamientos, entregado a la inspiración.

Porque vendrá, sé que la inspiración vendrá.

La cabaña es luminosa, muy amplia. Ocupa un claro en el bosque. Luminosa, amplia y silenciosa. Puedo advertir el rumor de un riachuelo próximo, y a veces la brisa corre entre la maleza. La brisa acaricia las hojas, que se frotan entre ellas y suspiran.

He invertido una hora en repartir los víveres por los estantes y luego me he sentado en la mecedora del porche.

Los inquilinos han sido generosos. Dejaron una botella de vino, unas cervezas, algo de pan y la mecedora.

Me mezo en la mecedora y espero.





Porque vendrá, sé que la inspiración vendrá.


¿De qué habla este hombre? ¿El virus? ¿Qué virus? ¿Qué historia?”

Meciéndome en la mecedora, esperando a la inspiración, paso las horas. Y luego, los días.

Han pasado unos días, no sé cuántos, pero el tiempo avanza despacio y nada viene.

Nada viene, y tampoco la inspiración, y al final sólo llega aquel tipo seco en aquella mañana ¿o era en las horas de la tarde?, al volante de una furgoneta. El tipo parece asustado. Desde la ventanilla, me vocea:

–¡Tiene que acompañarme, súbase ahora!

Nadie me advirtió de su visita, y mucho menos me dijeron que le acompañara en caso de emergencia, y por eso avanzo lentamente hacia él, desconfiado, sin saber muy bien a qué atenerme:

-¿Y por qué debo ir con usted?

-El virus… no se quede solo aquí.

¿De qué habla este hombre? ¿El virus? ¿Qué virus? ¿Qué historia?

Le digo que no con la cabeza. Agito el brazo, le pido que se largue. El tipo me contempla durante unos instantes. Me apremia de nuevo y luego me maldice. Se encoge de hombros, pone en marcha el motor y se va por donde ha venido. El rugido se pierde en la distancia, se pierde y se atempera, hasta que al fin se difumina.





–¡Que me dejen en paz! –voceo en el claro del bosque.

¡Que me dejen en paz!

De aquella breve aventura queda un sueño. El sueño en el que me sumerjo al fin, meciéndome en la mecedora, bendita compañera.


Nada ni nadie me responde, así que salto del porche y me sumerjo en el claro”

Crrrrc.

En la noche, algo cruje en el claro del bosque. Algo cruje y viene, y por eso voceo y pregunto:

–¿¡Quién!?

Salto de la mecedora, entro en la cabaña y busco la linterna. ‘¿Dónde la había guardado?’, me digo mientras tiento a oscuras. Paseo las manos por la cómoda. La tengo al fin, ‘¡tengo la linterna!’, voceo, y con ella en las manos irrumpo en el porche, iluminando la oscuridad.

–¿¡Quién, quién!?

Nada ni nadie me responde, así que salto del porche y me sumerjo en el claro.

Crrrrc.

Ha sonado a mis espaldas. Vuelvo el haz.

Nada.

Crrrc.

Esto ha sonado muy cerca. Esto ya no me gusta. Doy media vuelta. Me vuelvo hacia el porche: lo distingo al fondo, a la luz de la luna. No sé porqué, pero pienso en el tragaluz de mi oficina.

Crrrrc.

Lo tengo encima.

(…)


Me persigue el ente, me persigue y me acosa y apenas me deja respirar”






Corro y corro y corro.

Pero, por más que corro, aún siento el crujido a mis espaldas. Me persigue el ente, me persigue y me acosa y apenas me deja respirar.

Va a atraparme, lo sé. Ahí llega, puedo oírle al otro lado de la puerta, ahora que he entrado en la cabaña. Viene, viene.

Pero ¿qué es? ¿Quién es? ¿Qué quiere?

(…)

Han pasado horas, no sé cuántas porque nunca amanece en estas tierras del norte, y ha vuelto el silencio. Abro los batientes, al principio tímidamente, mirando a un lado y al otro, y al fin salgo al exterior.

Dejo atrás el porche y avanzo en la oscuridad, siguiendo el surco que me abre el haz de la linterna. Avanzo y atravieso el claro, escuchando la brisa que agita las hojas. Penetro en la espesura. Avanzo y avanzo y pronto la linterna suspira y se apaga.

Ya no hay vuelta atrás.

¿Dónde quedó la cabaña?

Hace frío.

Hace frío.

Frío.

La oscuridad se apropia de mí.

Me envuelven la oscuridad, el silencio, la nada.

Ya he escrito mi libro.


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