El chándal

Desde hace unos días las calles de Barcelona son una telaraña amarilla, un caos precipitado de franjas, líneas continuas o discontinuas y discos que indican la velocidad máxima que los conductores y ciclistas no pueden superar. Es como si alguien en el Ayuntamiento, una vez más, pretendiese hacernos creer que se está haciendo algo útil para la ciudadanía.

El resultado es que no todo sigue como antes sino mucho peor. Ante tanto carril, equívocas flechas y discos algunos ciclistas dudan y finalmente se deciden a circular por la acera. Y muchos, demasiados peatones, animados, excitados por el color amarillo, ocupan los nuevos espacios que nuestras autoridades municipales están regalando a los ciclistas. Y no es necesario que les cuente los bocinazos y maniobras que la nueva telaraña obliga a hacer a los camiones del reparto en los cada vez más peligrosos chaflanes del Eixample. Parece que la observación, desde un balcón, de ese marasmo amarillo con el que nuestro Ayuntamiento ha sepultado a nuestras calles, ha provocado más de un mareo.


Aquellas gentes retratadas por Opisso, aquellos barceloneses de clase media, tenían menos pretensiones que nosotros

Barcelona, observada desde un balcón, te obliga a pensar en maestros como Ricard Opisso. Nada sustancial ha cambiado. Se ven menos gordos y muchos menos sombreros, pero lo demás, salvo el número de coches, es todo muy parecido. Los paseos junto a la playa son el mismo desfile humano y sudado que supo retratar Opisso. O la muy atascada Diagonal en días de fútbol o Barça. Pero entonces muchos deportistas no eran profesionales y los boxeadores, regatistas o ciclistas que retrataba el tarraconense eran personas, no marcas de prendas deportivas.

Regresar a Opisso es mucho más útil que volver a leer el Quijote. Quizá una de las principales diferencias, y no menor, entre algunas de las gentes retratadas por Opisso y nosotros, es que, incluso aquellos barceloneses de clase media, tenían menos pretensiones. Sobre todo, deportivas. Entonces aún no había llegado la llamada sociedad de consumo. Entonces, sé de lo que escribo, cierta marca de zapatillas deportivas aún no se había puesto de acuerdo con los muy dormidos y polvorientos dirigentes olímpicos para persuadir a la ciudadanía de que la práctica del deporte era sana. Entre aquellos fabricantes de zapatillas, los Juegos Olímpicos y, por supuesto, la televisión, se montó el gran negocio. Y hasta hoy.

El objetivo no fue, pues, promocionar el deporte. En absoluto. El objetivo, plenamente cumplido, fue calzar a la humanidad, también a los niños, con zapatillas deportivas. Luego vino el muy espantoso chándal, que fue adoptado incluso por dictadores tropicales creyendo que con ellos lograban disimular sus verdaderas intenciones. Y con las zapatillas deportivas y
el chándal, Estados Unidos comenzó a
decirnos que la gente guapa, sana y rica
de Manhattan corría unos cuantos kilómetros diarios. Luego llegó la bicicleta
urbana.

Me encantaría que Opisso pudiera ocuparse de la burda telaraña amarilla que nuestro Ayuntamiento ha tejido para los presuntos deportistas barceloneses.

Products You May Like

Articles You May Like

Escalating China tensions could become an obstacle for U.S. stock rally
Salesforce cuts annual estimates on COVID-19 hit
U.S. manufacturing activity off 11-year low; construction spending falls
Trump could sign order on social media companies later on Thursday: White House
Gaspart: “Si el Real Madrid hubiera acabado líder antes del confinamiento, LaLiga se hubiese terminado”

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *