Albert(o) Closas

Me han cerrado las terrazas, las terrazas de las que, en gran medida, se alimenta esa terraza de papel. Me han cerrado la terraza del Adonis en la que un día sí y el otro también comparto mi Jameson con las cervezas de los copains Josep, el “redactor publicitari”, autor de Això és Ràdio Pica , y Luc, el belga amante de los libros –primeras ediciones y ricamente ilustradas–, con su fino, finísimo sentido del humor. Me han vuelto a confinar en casa (yo, sin las terrazas, mi vida social y emocional se reduce al teléfono, al Aquí amb Josep Cuní , a los papeles (afortunadamente no han cerrado el quiosco que me sirve la prensa extranjera) y sanseacabó. Así pues, no se extrañen si el cierre de las terrazas acaba afectando a esa terracita de papel. Además, juraría que estos quince días sin terrazas fácilmente pueden acabar en un mes o más, salvo que políticamente surja algún imponderable que les obligue a pensárselo dos veces. Afortunadamente, estoy bien provisto de botellas, de pelis –la tarde del jueves, después de despedirme de Josep en el Adonis, volví a ver por enésima vez El hombre que mató a Liberty Valance , regada con unos generosos whiskys–, de discos y de libros. Muchos libros, entre ellos las más de mil quinientas páginas de los dos tomos de M. (de Mussolini) , de Antonio Scurati: “Il primo romanzo sul fascismo raccontato attraverso Benito Mussolini: il fliglio di un secolo che ci ha reso quello che siamo” (Bompiani). Y media docena de libros más, libros de aquí. Como Alberto Closas. A un paso de las estrellas (Cátedra), de Francis Closas y Sílvia Farriol, con el que inauguramos esa terracita sin terrazas. ¿Alberto Closas sin terrazas? La verdad, se me antoja un tanto extraño: la única vez que hablé, conversé con él, largamente, fue en la terraza de La Puñalada (ya no existe).

¿Por qué aguardar 26 años, 26 años después de su muerte, ocurrida en Madrid, en el mes de febrero de 1994, para que los sobrinos Francis Closas y Sílvia Farriol se decidan a sacar una rica y emotiva biografía de su tío Alberto (sic) Closas? Pues, la verdad no se me ocurre otra razón, posible razón, que el hecho de que el próximo año se cumplen cien años del nacimiento de su tío, nacido en Barcelona, en la calle Trafalgar, el 1 de noviembre de 1921, aunque al supersticioso de su tío no le hacía ni pizca de gracia eso de haber nacido el día de los muertos y solía anticipar en 24 horas la feliz fecha de su nacimiento.


Tengo que reconocerlo, el amigo Albert era un personaje cuya catalanidad resultaba un tanto desconcertante

El libro de los sobrinos finaliza con el homenaje que, a los diez años de la muerte de su tío, en el 2004, el empresario teatral madrileño Enrique Cornejo promovió en Madrid, en el teatro Muñoz Seca, y en el que una de las nietas de Alberto descubrió una placa que da su nombre a una de las salas del teatro. Y acto seguido los sobrinos escriben: “Y las instituciones todavía tienen pendientes con él un homenaje oficial y, lo prometido es deuda, una calle que le recuerde en Barcelona donde nació y en el Madrid donde vivió, amó y triunfó. Es lo menos que se puede pedir”.

¿De qué “instituciones” hablan los sobrinos? ¿Del Ministerio de Cultura del Gobierno de España? ¿De la Generalitat de Catalunya que en su día le concedió la Creu de Sant Jordi? Y, en cuanto a la calle, en Madrid, el Madrid del PP, pues, la verdad, no les digo que no, pero, aquí, en la Barcelona de la alcaldesa Colau, que se queja, con razón, de que faltan calles y plazas a las mujeres de este país, ¿concederle una calle a Alberto Closas, que se casó seis veces y tuvo una lista interminable de amantes? Pues, la verdad, lo veo difícil. La alcaldesa Colau, poco, poquísimo tiene que ver con el alcalde Maragall, Pasqual Maragall, quien en su día le concedió la Medalla de Oro de la Ciudad, al mérito cultural, o artístico, a Albert Closas, el hijo del jurista Rafael Closas Cendra, republicano y masón, asesor de Macià y conseller con Companys; el Albert Closas discípulo de la gran Margarida Xirgu, que vivió y triunfó en Madrid (y en la Argentina), pero que siempre se consideró un catalán de pura cepa aunque, en los tiempos que corren, esa catalanidad sea difícil de tragar y de digerir por muchos conciudadanos dados a la ratafía y a otras bebidas com Déu mana.

Y es que, tengo que reconocerlo, el amigo Albert era un personaje cuya catalanidad resultaba un tanto desconcertante. Como cuando, en el mes de marzo de 1970, se le ocurrió, tras triunfar en Madrid, hacer teatro en catalán. Fue en el Moratín de Jaime Salom. Allí se presentó Alberto –como reza en el programa de mano, que aún conservo– con Visquem un somni , una pieza de Sacha Guitry que Alberto ya había interpretado y dirigido en Madrid; una pieza de autor francés traducida al catalán por su amigo Joan Oliver. Cuatro intérpretes: Alberto Closas, Alicia Tomás, José María Caffarel y Héctor Méndez.

En Ma
noa Mano , su columna de La Vanguardia , Manuel del Arco le dice a Alberto: “Alguien ha preguntado por qué no te has decidido por un autor catalán”. Y Alberto le responde: “La verdad, no lo he encontrado. Ni yo ni el jurado del premio Ciudad de Barcelona, que lo declaró desierto”. Toma castaña.

¿No lo has encontrado o no lo has buscado?, estimat Albert. ¿Y por qué no le encargabas una obra a tu amigo Joan Oliver, más conocido por Pere Quart? ¿O a tu también amigo Jaume Salom, o a Josep Muñoz Pujol, que empezó escribiendo en castellano y estrenando en Madrid? ¿Por qué no te pusiste en contacto con Espriu, con Ricard Salvat, con Papitu Benet i Jornet, con los chicos que se hicieron con el premio Josep Maria de Sagarra? Tú lo que querías era hacer tu teatro –Sacha Guitry mejor que Alfonso Paso– en catalán, tu catalán. Y punto. Esa y no otra era tu catalanidad. Lo entiendo, te entiendo y te sigo queriendo. Pero, insisto, mal lo tienes si, con los tiempos que corren y como exigen tus sobrinos, te han de dar una calle o una plaza en esta bendita ciudad.

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