Ellos y nosotros

Hace seis meses que los chinos vuelven a trabajar. El lunes, la Oficina Nacional de Estadísticas en Pekín presentó los datos de crecimiento del segundo trimestre. Crecen a un ritmo del 4,9% Las fábricas y los comercios chinos cerraron puertas entre los últimos días de enero y medios de marzo por la aparición del nuevo virus. Pero en abril volvieron a arrancar. Fueron muy rápidos. Nosotros empezamos a parar máquinas a mitad del mes de marzo y en verano iniciamos una suave recuperación. Pero fue un espejismo. La virulencia de la segunda ola pone ahora en peligro esta recuperación hasta el punto de que podemos estar ya en una fase de estancamiento.





Siempre se ha dudado de la exactitud de las estadísticas chinas. Se ha dicho también que es una economía fuerte porque exporta mucho y porque tiene un estado que no para de invertir. Es verdad, como también lo es que les cuesta reavivar el consumo y el turismo. Pero eso son matices. Lo que cuenta es que China ha crecido un 4,9% entre julio y septiembre. Es un crecimiento inferior al que estaban acostumbrados, pero inimaginable aquí. China vuelve a funcionar, mientras Estados Unidos y Europa intentan todavía deshacerse del virus y tienen grandes dificultades para poner la máquina en marcha.


Chinavuelve a crecer y Occidente hace lo que puede. La pandemia permite a los asiáticos dar un pequeño gran salto adelante en la carrera por la hegemonía

China domina ahora el crecimiento en el mundo. Araña cuota de mercado a sus competidores con las exportaciones de electrónica de consumo y de material sanitario. Y ya no tira tanto del resto de economías: sus importaciones han bajado. Solo compra materias primas.

En el corto plazo, los datos dan la razón a los chinos sobre cuál es la mejor manera de gestionar una pandemia. China cometió graves errores los días en que el virus apareció en el mercado de Wuhan. Lo ocultó y tardó en captar su agresividad. Pero después aplicó una contundencia brutal para combatirlo. Con unos métodos de confinamiento y de control que no nos gustaron. En cambio, Occidente muestra dificultades para gestionar la pandemia, fuente de conflicto interno en muchos países. Y todavía no sabe cuándo saldrá de ella.





Hace unas semanas, un sondeo de Pew Research
indicaba que las opiniones públicas occidentales (con la excepción de la italiana y la española) valoraban muy negativamente la gestión que China ha hecho de la pandemia. Pero en las próximas semanas, ya verán, esa valoración cambiará.


En el corto plazo, los datos han dado la razón a los chinos de cómo gestionar el coronavirus. Para Estados Unidos ha sido un descalabro humillante

Es posible que si Pekín hubiera actuado con menos secretismo en los primeros días del virus, el resto del mundo habría tenido veinte días de margen para prepararse mejor. Pero no es probable que hubiera servido de mucho. Porque los problemas occidentales no son solo de infraestructura sanitaria ni de complejidad a la hora de tomar decisiones en democracia. Han sido también de arrogancia. Pensamos que la pandemia era una rareza exótica y que no nos podía pasar a nosotros. La arrogancia, a veces, es un síntoma de decadencia.

En el medio y el largo plazo, las consecuencias de la fuerte recuperación china son también importantes. El virus se acabará algún día. Y cuando haya pasado nos encontraremos un mundo diferente. La pandemia habrá actuado como un acelerador de los cambios y tendencias que ya se incubaban. Dos de estas transformaciones son irreversibles. Una es la digitalización. La otra, el retroceso de la hegemonía occidental. En este sentido, la pandemia habrá sido una buena oportunidad para China, que habrá dado un pequeño gran salto adelante en su expansión.





En los últimos veinte años, las clases medias occidentales han visto cómo se estancaban, o incluso retrocedían los niveles de renta y de riqueza. La globalización ha sido un buen negocio para las élites. Y también para las clases medias no occidentales. Especialmente para las asiáticas, que han visto cómo acortaban diferencias y accedían a unos niveles de consumo que no habían ni soñado un cuarto de siglo antes. Al populismo de derechas le gusta presentar la globalización como una conjura entre la plutocracia internacional -las grandes corporaciones enriquecidas en el proceso- y las clases medias asiáticas. No ha sido una conjura, pero sí un entendimiento tácito. Desplegado en medio de una pérdida acelerada de productividad de las economías occidentales, inducida en parte por el discurso ultraliberal y desregulador que tanto gusta al mundo de las finanzas.


En el medio plazo, la fuerte recuperación china indica el final del Siglo Americano, de sus valores y de su cultura

Los últimos datos reflejan que este proceso ha ido ganando intensidad desde la crisis financiera del 2008. Hasta el punto de que, de seguir con este ritmo, en veinte años, y por primera vez desde la Revolución Industrial, las clases medias occidentales “se caerán” de la franja del 20% de la población más próspera en el mundo. Tampoco las élites serán las mismas: las actuales tendrán que hacer espacio a los ricos asiáticos, que serán muchos.





La gente suele preocuparse más por la riqueza del vecino que por la de quien vive a miles de kilómetros de distancia. Pero está pora ver cómo reaccionaremos en un escenario en el que los occidentales dejarán de determinar las pautas de consumo globales. Sobre todo cuando algunos de los productos y servicios de más estatus (coches nuevos, móviles y otros gadgets electrónicos, viajes) serán inaccesibles para nuestras clases medias.

China tiene muchos problemas por delante. Debe seguir pedaleando para crecer tanto. Y todo se le ha hecho más complicado desde que ha entrado en guerra fría con Estados Unidos. Pero de momento ha ganado la guerra de la pandemia, en la que los americanos han sufrido un descalabro humillante. Y eso difícilmente lo cambiará el resultado de las elecciones del próximo 3 de noviembre. Nosotros, que fuimos criados en los valores y la cultura del Siglo
Americano (cómo se ha bautizado a la etapa de hegemonía de Estados Unidos vigente entre la mitad del siglo XX y la actualidad), veremos despuntar pronto una larga etapa de hegemonía asiática.





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