La democracia en el mundo post-Covid-19

Los humanos somos reticentes al cambio. Y aún más a los grandes cambios que transforman, sin que realmente sepamos por qué, los parámetros básicos de nuestra existencia. Una rigurosa investigación sobre los efectos psicológicos del confinamiento en España en mayo del 2020 encontró que el 48% de las mujeres y el 38% de los hombres tenían un sentimiento de irrealidad, de que esto no estaba pasando, que se iba a desvanecer. Mucha gente esperaba el fin de una pesadilla. La expresión nueva normalidad acuñada por los gobiernos como frontera de esperanza se leyó como
normalidad
, sin prestar atención a lo de
nueva
. El sentimiento dominante era, y es, en el conjunto del mundo, que llegaría la vacuna milagrosa, que nos inmunizaríamos como tantas veces en la historia y que las bielas de la economía volverían a moverse acompasadamente, tras chirriar un poco en su puesta en marcha. Resurgiría el mercado, estimulado por nuevo endeudamiento, fluiría el capital, repuntaría el empleo, se activaría el comercio internacional, los aviones surcarían de nuevo el planeta, se repoblarían las playas, y, sobre todo, volverían a abrir las discotecas.





No es eso lo que observamos en agosto del 2020 ni van en ese sentido las previsiones más documentadas. Aunque se encuentren vacunas todavía será necesario un largo periodo de prueba y aun más de manufactura y distribución. Y si la mayor parte de los 7.500 millones de humanos no pueden acceder a la vacuna, la interdependencia global mantendrá la pandemia mientras el virus siga activo en alguna región del planeta, a menos que el confinamiento de países se refuerce. Y mientras tanto, la economía sigue en caída libre, el paro aumenta a niveles que apenas podrán ser sostenidos por el seguro de desempleo, las fronteras se cierran, la agresividad entre las personas se incrementa, en particular en la violencia machista, la xenofobia se generaliza, la transición al teletrabajo y a la teleenseñanza se hace en la confusión, mientras las redes sociales se pueblan de mitos apocalípticos y
teorías conspirativas que ponen en duda la ciencia y la democracia. Se socava el orden geopolítico mundial mientras un nacionalismo rampante amenaza con confrontaciones peligrosas entre estados y con supresión de la disidencia so pretexto de inseguridad. Es más, las necesarias precauciones sanitarias de restricción de la movilidad y vigilancia de los contactos sociales como principales formas de prevenir la difusión del virus han introducido ya limitaciones extremas a las libertades que alimentan la tentación siempre presente en los estados de un autoritarismo puro y duro para mantener el orden.

Manuel Castells, sociólogo, profeosr universitario y ahora ministro de Universidades
Manuel Castells, sociólogo, profeosr universitario y ahora ministro de Universidades
(Mané Espinosa / Archivo)








Aunque en Europa Occidental, y en particular en España, las instituciones democráticas aún garantizan los derechos de los ciudadanos, tal no es la situación en el ámbito internacional, ni siquiera en países hasta ahora por encima de toda sospecha. Conforme se profundiza la crisis económica y se amplían sus devastadoras consecuencias sociales, incluido el colapso de los sistemas sanitarios, incapaces de sobrevivir a la presión actual tras los recortes que sufrieron durante las políticas de austeridad, la rabia y la indignación se extienden entre la población. Frecuentemente en sentidos contrarios.

Por ejemplo, en Estados Unidos surge un vasto movimiento interracial contra el racismo institucionalizado en la policía, al tiempo que milicias civiles trumpistas ocupan parlamentos estatales, como en Michigan, metralleta en mano para protestar contra las restricciones a la libertad del ciudadano. Las insinuaciones de Trump sobre el origen del virus como una amenaza china o la referencia al peligro que viene de fuera alimentan los peores instintos de una sociedad de origen inmigrante y multirracial que nunca aceptó sus raíces. La ascensión de la ultraderecha en toda Europa, desde la Alternativa por Alemania a los Hermanos de Italia, y desde los Demócratas Suecos y los Verdaderos Finlandeses hasta Vox y Le Pen, pasando por los gobiernos autoritarios de Hungría, Polonia, Chequia, Austria y Bielorrusia, propaga el odio entre los ciudadanos y la desconfianza en las instituciones, con las redes sociales convirtiéndose en expresión virulenta del desgarro social que se encarna en insulto, desinformación y amenaza.






Las políticas de transición hacia un nuevo modelo de gestión deberán optar entre reestructuración o transformación: o un capitalismo que favorezca la rentabilidad del sistema financiero, o un nuevo sistema más sostenible y redistributivo

Y es que cualquiera que sea el tiempo que dure la transición hacia un modelo económico y social post-Covid-19, del que aún no sabemos sus formas potenciales, son las instituciones políticas actuales las que tienen que gestionar dicha transición. Lo tienen que hacer en el estado de crisis de legitimidad en el que ya se encontraban antes de la pandemia, tal y como documenta y analiza este libro. Lo cual no tiene que ver con el grado de apoyo que reciben gobiernos concretos por su gestión de la crisis. Por ejemplo, en España las encuestas demoscópicas muestran un apoyo estable o creciente a la gestión por parte del Gobierno de coalición de izquierda, aunque una parte de dicho apoyo podría deberse a la ineptitud de la oposición. En el Reino Unido o en Estados Unidos, en cambio, los gobiernos de ultraderecha en el poder han visto erosionarse su hegemonía como consecuencia directa de su manejo de las crisis sanitaria y económica. En Brasil, el carisma neofascista de Bolsonaro ha ido diluyéndose a pesar del apoyo de las iglesias evangélicas. En Chile, un Gobierno deslegitimado por las protestas sociales de noviembre del 2019 ha perdido aún más popularidad, incluso en su propio partido, y ha tenido que aceptar reformas sociales. En Portugal, en cambio, el Gobierno socialdemócrata, con apoyo de la izquierda, ha sabido contener la crisis sanitaria mejor que en otros países y ha reforzado su apoyo.






Las consecuencias de la decreciente legitimidad política ante la actual situación de crisis pueden ser gravísimas

Sin embargo, en el conjunto del mundo, la tendencia pareciera ser la acentuación de la falta de confianza en las instituciones políticas, en los partidos y en los dirigentes, más allá de su orientación política. Es decir, aunque determinados gobiernos, por ejemplo el español, o el vasco o el gallego, en el ámbito subestatal, hayan mantenido su apoyo electoral, el sentimiento de desafección hacia las instituciones y la clase política, en términos generales, continúa. Y en algunos países, como Estados Unidos, se acentúa. Lo que pudiera haber sido un sentimiento mayoritario de unidad nacional para cobijarse bajo la bandera del gobierno en una situación de crisis no se ha producido en la mayoría de los países, con la excepción de los sospechosos habituales, como Suiza.

Las consecuencias de la decreciente legitimidad política en una situación global de profundización de la crisis sanitaria, económica y social, pueden ser gravísimas. Porque hay poderosas fuerzas políticas y sociales que tratan de aprovechar la desesperación popular y la desintegración del sistema para subvertir la democracia tal y como la conocemos. Por ejemplo, y a título ilustrativo, algo extremadamente dramático para el mundo podría suceder en Estados Unidos. Escribiendo en agosto del 2020, las encuestas dan unánimemente como perdedor de la elección presidencial del 3 de noviembre a Donald Trump. Cierto, en menor medida, esa era la tendencia de las encuestas en el 2016. Pero las diferencias porcentuales son mucho mayores ahora y, sobre todo, la indignación de una mayoría de ciudadanos por la gestión de la crisis por Trump no es reversible en tan corto plazo, aunque Moderna acelere una vacuna que no habrá tiempo de administrar en grandes cantidades.





Ilustración: Edmon de Haro
Ilustración: Edmon de Haro



Pero Trump, como analicé en este libro, no es un presidente cualquiera, es el líder de un movimiento ultranacionalista, con fuerte arraigo en la población blanca masculina, sobre todo entre los grupos menos educados. Con una fracción de sus seguidores que son fanáticos, cristianos fundamentalistas y creyentes de todas las teorías conspirativas tuiteadas por Trump o sus adláteres. Una de ellas es afirmar que hay fraude electoral masivo en las ciudades demócratas por registro ilícito de inmigrantes y por un voto por correo no controlable y que en esta elección será particularmente decisivo. Si llegara a perder en el resultado oficial, Trump pedirá el recuento voto a voto en estados decisivos, con sus huestes vigilando de cerca el recuento, interviniendo, intimidando y, si es necesario, provocando violencia callejera. Si así fuera, hay que recordar que Trump sería presidente de todas maneras hasta el 20 de enero. Tiempo suficiente para declarar un estado de emergencia, tal y como ha insinuado, si considera que no existen condiciones de seguridad. En suma, Trump no se rendirá así como así. Y la posible consecuencia sería un semigolpe de Estado en la mayor democracia del mundo, con el Congreso asumiendo entonces el control de las instituciones frente al presidente y riesgo de enfrentamientos civiles generalizados.






Son las instituciones políticas actuales las que tienen que gestionar la transición hacia un modelo post-Covid-19

Ahora bien, no suelo hacer predicciones de ningún tipo y menos aún tremendistas. Y, por tanto, no estoy prediciendo el curso de los acontecimientos que podrían producirse en unos meses. Cuando lea estas líneas usted ya sabrá lo que pasó. Pero hago referencia a un escenario posible para ejemplificar un análisis prospectivo sobre la transformación de la democracia en el periodo post-Covid-19. También podría ser, sin embargo, que Joe Biden y Kamala Harris sean elegidos y que, apoyados por los jóvenes, las mujeres y las minorías, y contando con el carisma y la eficiencia de la vicepresidenta, puedan reconstruir la economía y suturar la sociedad, alejando el viento destructivo que sopla en las velas de la ultraderecha mundial apoyada en el trumpismo.

Si hago referencia a la eventualidad de una deriva antidemocrática en Estados Unidos, y por tanto en el mundo, es porque sabemos, aunque no nos atrevamos a reconocerlo, que no habrá vuelta a la misma economía ni a la misma sociedad. La crisis ha sido tan profunda y tan duradera (aún no ha terminado en estos momentos) que sus secuelas durarán y requerirán políticas de transición hacia un nuevo modelo de gestión en todos los ámbitos. No habrá reconstrucción, sino reestructuración o transformación. Reestructuración mediante el endurecimiento de un modelo de capitalismo aún menos redistributivo y aún menos respetuoso con el planeta, que dé prioridad absoluta a la estabilidad y rentabilidad del sistema financiero manteniendo a raya cualquier reforma social profunda. Transformación si la nueva frontera de la economía se expande hacia la transición ecológica y hacia una redistribución social que amplíen el mercado interno y propicien un nuevo modelo de desarrollo sostenido en una fiscalidad que grave el capital financiero y tecnológico en los mercados globales.


La expresión ‘nueva normalidad’, acuñada con ánimo de esperanza, se leyó como ‘normalidad’ sin atender a lo de ‘nueva’

En ambos casos se requieren instituciones políticas fuertes, asentadas ya sea en el neoautoritarismo de un Estado centralizado o en una relegitimación de la democracia, en particular mediante su inserción en el tejido social y en un municipalismo activo que extienda la democracia hacia los ciudadanos. La batalla política en torno a esos dos modelos será atroz y se dará, a la vez, en el ámbito comunicativo y en el ámbito judicial. La hegemonía en las redes sociales y en los medios de comunicación será decisiva. Pero también lo será, desde una perspectiva de profundización democrática, la resolución del gran dilema en casi todos los países: cómo reformar una judicatura conservadora que no acepta regeneración alguna amparándose en su pseudoindependencia política. Pseudo porque, en último término, en todos los países, sus instancias dirigentes están nombradas, directa o indirectamente, por el poder político. Y es que, a corto plazo, tal y como concluye este libro, lo que se vislumbra a raíz de la crisis de la democracia liberal acentuada por la pandemia es un mundo en el claroscuro de un caos. Y somos nosotros y nosotras los únicos que podemos decidir si vivir en la luz o en la penumbra.




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