La España del “No pasarán”

El país está en ebullición. Si no fuese porque la pandemia y la incertidumbre de la Navidad son las principales inquietudes, podríamos utilizar el tópico de la olla a presión para definir el momento político. Hay días que da miedo leer determinados periódicos: es como si describiesen la destrucción del Estado, el asalto al poder por sus enemigos, una conspiración ideada, puesta en marcha o tolerada por el Gobierno. Determinadas declaraciones de dirigentes políticos, en activo o retirados, excitan al ciudadano. Y el jefe de ese Ejecutivo evita pronunciarse, como si estuviera metido en una trampa: no puede tranquilizar a los inquietos para no ahuyentar a sus socios, ni puede ensalzar a sus socios para no sublevar a los inquietos.

La culpa la tienen las alianzas que el Gobierno necesitó para aprobar los presupuestos. Se han visto acuerdos nunca vistos. Históricamente hubo pactos con los nacionalistas del PNV, CiU y ERC, pero nunca de todos a un tiempo, con el abrupto añadido de Bildu, que para muchos líderes de opinión supone la rendición del Estado. Y eso es deprimente para la España del miedo. Felipe González, José María Aznar, incluso José Luis Rodríguez Zapatero hicieron pactos con nacionalistas, pero se les perdonaban porque eran personas de fiar. Pedro Sánchez todavía no goza de esa confianza, y mucho menos acompañado –dicen que dominado–por Pablo Iglesias.

Eduardo Parra / EP
Eduardo Parra / EP
(EP)



Ahora, esa España tiene un líder inesperado: González. Sus declaraciones a Carlos Alsina en Onda Cero lo volvieron a convertir en la conciencia crítica y el referente de la España constitucional. No es lo mismo leer un artículo patriótico o escuchar a un vehemente Pablo Casado que oír a González –más de trece años de gobierno carismático– que su propio partido se alía con quienes quieren destruir España. Si sus palabras no enardecen, sí fomentan la duda en quien no tiene formado un criterio. La casualidad hizo que el mismo día Inés Arrimadas anunciase su no a los presupuestos por “contrapartidas al independentismo intolerables”. El frente de rechazo quedaba completo, como si obedeciese a un guion.

Solo faltaba que Gabriel Rufián agitase las aguas con el “paraíso fiscal” de Madrid. En Galicia se publicaron artículos que decían que Rufián nos quiere subir los impuestos a los gallegos. En la capital la presidenta Isabel Díaz Ayuso se puso en jarras entonando el nuevo “No pasarán”. Los demás presidentes del PP se lanzaron a arroparla. Del voto del miedo quieren pasar al voto del bolsillo, aderezado con el ingrediente del independentismo que, si un día ataca a la Corona, y otro a la Constitución, ahora ataca a la capital del país.

Y sobre este panorama tan entretenido, ese Sánchez que no pronuncia el nombre de Bildu ni bajo tortura. Está feliz, porque tiene garantizada la legislatura. Tiene un sueño: ser el hombre que integró en responsabilidades de Estado a quienes entienden al Estado como su enemigo. Se siente fuerte, como demostró con su veto a las enmiendas del PP. Está en el filo de la navaja: o de esta construye una nueva España o pasa a la historia como su destructor. Y no se ve un término medio.

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