El capital riesgo avanza posiciones en el tejido empresarial catalán

Cada vez más empresas nacidas en Catalunya acaban en manos de inversores ajenos al territorio. El caso de la plataforma barcelonesa Filmin –que era propiedad de una distribuidora francesa y ha sido comprada por el fondo madrileño Nazca– pone sobre la mesa un fenómeno transversal que lleva años to-mando protagonismo en empresas de valor diferencial (aunque apenas el 0,01% –2.627 sobre 3,36 millones– está participada por un fondo en España). La crisis y el avance tecnológico avivan el debate sobre la histórica pérdida de control del tejido empresarial aunque esta parece inevitable en un mercado global donde la competencia es feroz y rigen las reglas del capital.





Algunos ejemplos lo ilustran: Pastas Gallo se vendió en el 2019 al fondo madrileño Proa Capital; Pronovias, al fondo británico BC Partners; el festival Sónar, a la firma estadounidense Providence; las heladerías Farggi (Lacrem), al británico Cheyene, o los envases de Lékué, al fondo madrileño Espiga. Por no hablar de millares de start-ups –como Glovo (el emiratí Mubadala lideró la última ronda) o Wallapop (Accel, Insight, de EE.UU.)– que recurren desde el primer momento al venture capital para validar su modelo.

Tendencia

Las empresas recurren al capital, que está mayormente fuera, para ser competitivas

En la gran mayoría de casos, estas empresas permanecen en Barcelona. Tras la venta, siguen creando empleo en la ciudad y, en muchas ocasiones, continúan bajo la dirección de los mismos fundadores. Sin embargo, el control de la propiedad –que, al fin y al cabo, tiene el poder de decisión– está en manos de fondos ajenos. O bien, de Madrid o bien, del extranjero. En pocas ocasiones, las operaciones de compraventa de empresas medianas o grandes están en manos de fondos catalanes de envergadura (que gestionan más de 100 millones). Algunas excepciones son Pronokal, controlada por Abac; Grupo Tragaluz, por Miura o Tradeinn, participada por Suma. (También son excepciones las inversiones semilla en start-ups de pequeños fondos locales).



Los datos de Ascri, la patronal española de fondos de inversión, ponen de relieve la tendencia. Más de la mitad de los fondos españoles tienen su sede en Madrid y además, los que son extranjeros están instalados en la capital. Le sigue, muy de lejos, Catalunya con el 15%, País Vasco o Asturias. “Madrid es la capital financiera y el lugar donde nació el capital riesgo. A mediados de los 90 surgió como una estrategia de diversificación del sector financiero tradicional arraigado en la capital. En Barcelona, el fenómeno arrancó hace 15 años. El ecosistema aún no ha alcanzado la madurez”, dice Lluís Seguí, socio de Miura. Oriol Pinya, vicepresidente de Ascri y socio de Abac, señala que la juventud del tejido inversor, la fiscalidad favorable de Madrid y del País Vasco, la inestabilidad política y la falta de fondos institucionales públicos que movilicen inversión privada son los principales frenos que impiden el nacimiento de grandes fondos inversores en Catalunya. Porque las oportunidades existen: “Actualmente, no se pueden cubrir las necesidades de todas las pymes”, aseguran. Para Carles Ferrer, socio de Nauta, la razón principal es el pequeño tamaño del ecosistema. “Faltan historias de éxito”, añade.

Influencias

Madrid, ‘hub’ financiero, acoge más de la mitad de los fondos en España



Otro dato clave es la inversión de fondos internacionales en España. En el 2019, representó el 78% del total, sumando operaciones de private equity (inversiones en empresas consolidadas, a menudo familiares) y de v enture capital (financiación firmas en fase de desarrollo, a menudo tecnológicas). La actividad de los fondos extranjeros despegó en el 2010, un año en el que el país todavía no se había recuperado de la crisis si se compara con los líderes en capital riesgo, Estados Unidos y el Reino Unido. Desde entonces, el crecimiento ha sido imparable. Los inversores opinan que eso es fruto de la globalización. “El capital está en los mercados más maduros y avanzados. Que llegue aquí significa que en España hay empresas competitivas y que el país está en el mapa”. Salvador Guillermo, secretario general adjunto de Foment del Treball, tampoco lo ve con malos ojos. “Los fondos extranjeros no llegan con la intención de plantar su bandera en las empresas sino de profesionalizar las compañías y hacerlas más competitivas”. Bajo su punto de vista, los riesgos de tener pocos inversores de envergadura a nivel local son menores. “La proximidad con las empresas siempre profundiza el conocimiento de las oportunidades de negocio”, señala Pinya. No es casual que en el 2019, Madrid se llevara más del 60% de la inversión, y Catalunya, solo el 12%. Asimismo, la falta de fondos instalados en un territorio implica una pérdida de empleos indirectos de alta calificación (abogados, consultores, asesores).



Más allá de su origen geográfico, el capital riesgo también puede ser visto como una amenaza a la viabilidad del negocio a largo plazo. De hecho, los inversores suelen tomar el control de una compañía con el objetivo de salir al cabo de 5 años vendiendo su participación a un mayor precio (el retorno medio está en torno al 15% anual). También existen recelos por haber paralizado fusiones o absorciones entre compañías de un mismo sector ya que disponen de más dinero que las propias empresas. También se dice, pensando en el papel de los fondos buitre, que buscan la rentabilidad a cualquier coste –de empleo también– o que hacen el “pelotazo” inyectando dinero a la compañía por encima de sus posibilidades.

Agentes sociales

“El fenómeno no es negativo si contribuye a crear valor y mantiene el empleo”

Gonzalo Pino, secretario de política sindical de UGT, sostiene que su presencia no tiene por qué ser perjudicial si el proyecto de los inversores pasa por mantener el empleo y consolidar el negocio. Existen casos en los que no ha funcionado (Panrico, TCN), pero también otros, como el de Europastry, controlada por la familia Gallés, que ha encontrado en los fondos un apoyo para acelerar el crecimiento de la empresa, convertida en un gigante de las masas congeladas.

Los fondos defienden que son un motor económico. “Permitimos a las compañías dar un salto hacia adelante, profesionalizamos la gestión, aportamos eficiencia… Para obtener retorno, tenemos que crear valor”. Desde Foment, Guillermo sostiene que la entrada de los fondos es positiva porque permite a las compañías satisfacer sus necesidades de crecimiento que exige el mercado global y digital. “Los fondos aportan recursos que no tienen las compañías y, en algunos casos, resuelven conflictos familiares y generacionales”. Eso sí, advierte que las familias deben asumir que el proyecto no es permanente y que el cambio de manos no siempre puede estar alineado a sus intereses. Son las reglas del mercado.



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